Me he dado cuenta que tenemos algo en común,
un deseo que compartimos todos los humanos.
Queremos prolongar nuestra propia existencia,
al fin y al cabo eso nos convierte en esclavos.
Esclavos del frío y de la enfermedad,
de la sed y del hambre que nos somete.
Esclavos retenidos por un único grillete,
grillete al que todos llamamos sociedad.
Sociedad que pareces tan amable,
nos das agua y medicina, nos das calor y comida.
Nosotros a cambio te damos lo único que tenemos,
te damos nuestro trabajo y te damos nuestra vida.
Se trata de una esclavitud inevitable,
realidad que a la fuerza tenemos que aceptar,
que sin ti sería muy difícil sobrevivir
en la definición de ser humano escrito está.
Ahora bien, encima de esta tierra marchita
en la que nacemos como esclavos humanos,
los hay que se convierten en crueles esclavistas
y los hay que se resignan a ser doblemente esclavos.
No se dan cuenta que somos como ellos,
no se dan cuenta que ya somos demasiados,
por eso nos aprietan cada vez más los grilletes
por eso nos ensucian de barro las manos.
Barro que no se quita, barro que no se lava
les da igual, ellos nos siguen ensuciando
porque no es humano todo lo que reluce
y porque para ellos un esclavo quita otro esclavo.
La suciedad ya es demasiado obvia
y nuestra paciencia se está agotando.
Llegará el momento en el que despertemos,
llegará el momento en que dejemos de ser esclavos.
Aunque lo parezca, ellos no son tontos,
aunque no lo parezca, nos tienen bien controlados.
Nos calman con innecesarias necesidades
en las que nunca antes habíamos pensado.
Pero no toda la culpa es de ellos
porque la mayoría aún no hemos despertado,
ahora la culpa es de nuestra necia necesidad
de querer seguir siendo esclavos.

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